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Érase una vez, en un país Constitucional

Por: Herry P.





Al igual que K, Martin imaginaba que podía vivir tranquilamente en un país completamente Constitucional. Pero a diferencia de K, Martin tenía calado en su seso la realidad socio-política de su contexto. Una calamidad, un sistema de gobierno completamente anacrónico, que parecía traído desde la misma colonia, acompañado de una legislación obsoleta que no correspondía a la realidad imperante, que no dejaba muchas opciones, o cogías de bandido, o te volvías p… oco humano (a cambio de una pensión y seguridad social mediocre), y si eras un medio pequeño burgués y tus padres hacían algo por ti, accedías a la academia. Posición de la que gozó Martin, que en un impulso que aún no determina en que momento fue, quizás inclinado por la dinámica del mercado laboral, término siendo abogado.


Ahora, una vez Martín en la calle, enfrentado a la vida material y práctica, sentía cierta sensación mezquina en la espalda, cierto sabor astringente en la garganta, como una náusea, como una bola de pelo, como una cosa que… había tratado de describir varias veces, solo que por el popurrí de síntomas, no hallaba a que patología se acercaba, se le hinchaba la lengua, puntadas detrás de los ojos, desordenes, impulsos nerviosos; no podía soslayar lo que le pasaba a su organismo, y sin embargo no sabía a dónde acudir, (carecía de seguridad social) porque le parecía evidente que no existía especialista lo suficientemente enfermo que lo pudiera tratar.


Decidió apersonarse de su situación, evaluar su comportamiento, discernir sobre él, era propicio una introspección profunda, preguntarse lo que quería de su vida; camina, y de isócrono, un cigarrillo artesanal se monta ágilmente entre sus manos, su fórmula para la catarsis adecuada, así va por la candelaria, abandonando un hilillo de humo que serpentea, que se difumina y va dejando un aroma iridiscente tras su paso, hay que bajar guardia –recuerda- no le gusta que sus vicios molesten a la gente, y mientras sigue imbuido en su pensamiento, un indígena a un costado del andén le ofrece artesanías, en la esquina un tipo con un hincón amorfo en el lado izquierdo de la cara, que afirma ser desplazado (desterrado) extiende la mano para pedir monedas, en diagonal, un tipo entre bolsas de basura, con la cabeza gacha, da combustión a unos segundos de corto circuito, y una cuadra más adelante, un joven de su misma edad, lo mira fijamente a los ojos y se toca la sien dos veces con el dedo índice, Martin sostiene la mirada, gira la mano y le enseña la pequeña brasa ardiendo (todo bien).


Su diagnóstico es definitivo, nadie lo puede tratar: locura temporal, ira irresistible, intenso dolor, trastorno mental no pre-ordenado, una proclividad inminente a la desviación, un suicida asomándose en la cornisa, un antropófago echándose sal en el antebrazo; dolido de humanidad; hay que prenderle fuego a todo! Dolido también de que le vieran la cara de estúpido en esa ceremonia, aletargada, ampulosa, rimbombante, donde una toga negra lo acaloraba y un sombrero ridículo le hacía sudar el coco; perorata, charlatanería, verborrea, y demás, abogados al fin y al cabo, un discurso prefabricado, feroz, que no invita a pensar; como única satisfacción de ese momento, Martin decidió bajar la mano derecha cuando se le pedía a todos que repitieran como loritos, que juraban defender éste estado social de derecho, ja, defender éste estado esquizoide social de derecho, que sugerencia tan poco plausible, jajaja jajaja Martin se echa a reír del recuerdo en plena carrera 3, - uda equiza po fa voo!- interrumpe la risa la afirmación inentendible, al percatarse, ve dos tipos con uniforme e investidos de poder, trata de apagar el cigarrillo pero ya es tarde, no le había puesto atención al eco del rose de una cadena en un engranaje, -cota da pade!- pensaba el abogado que no estaba oyendo bien, y pregunto: qué? –Uda equiza, cota da pade!- logro comprender gracias a su perspicacia, no a su interlocutor, accede a la inspección, le intentan meter la mano en los bolsillos, y alega que eso no se puede hacer, - po qué?- pregunta una de las voces, porque así no lo establece el código de procedimiento penal, -ahh i, eta e uda cotaveción podicial!- para esas alturas, los oídos de Martin no eran el problema, era la pronunciación de ese sujeto. Saca las esposas, lo gira, y lo inhabilita dejando sus manos inmóviles atrás, el mismo ser humano indeseable lo empieza a llevar a empujones a una estación de criminalidad, Martin grita en tres oportunidades su nombre completo y su número de identificación, está solo en su infracción; esto es completamente inconstitucional, acaso no han leído el fallo de la corte, en una especie de mongolismo calculado, callaban, se miraban y hacían no escuchar, no decían nada; en otro intento irresponsable de Martin porque lo liberaran, dice para sí, como si hablara solo, -vamos a ver que dice la procuraduría de la actitud del 36212- se detienen, uno de ellos saca el arma de su dotación, y desportillándole los dientes logra poner el cañón en su paladar – poemo ase o que nos e a gana, enemos uero enal midital, e u mima otitución- paahff!! se oye un disparo, las palomas vuelan en bandada de los tejados, la cabeza de un cuerpo inerte repica contra el andén, y unos ojos bien abiertos quedan explayados en la carretera, se hacen movimientos rápidos, se retiran las esposas, y un motor en marcha se escabulle.




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