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El regreso de la MANE y el movimiento estudiantil: retos y perspectivas




Fabio Barrera.

Estudiante de Filosofía, ACEU.


La fuerza creadora y transformadora del movimiento estudiantil sigue aún vigente, como potencia y como realidad. El pasado 16 de octubre fuimos testigos y partícipes del regreso de los y las estudiantes a las calles, luego de estos casi tres años en los que al parecer la MANE había permanecido oculta, por lo menos ante la opinión pública. Nuestra demanda, que aún no logran consumarla en algún devenir de conformidad ante las migajas ofrecidas por el gobierno de turno, sigue intacta después del tiempo transcurrido: una educación pública, gratuita y de calidad, acorde a las exigencias intelectuales, prácticas y espirituales de jóvenes y estudiantes y acorde a sus potencialidades. La política de privatización y mercantilización de la educación implementada por el gobierno sigue intacta después del logro del movimiento estudiantil de derrocar la Reforma a la Ley 30 (Ley de educación superior), sólo que con una nueva forma de manifestarse: una política pública que se ha llamado “Acuerdo por lo superior 2034”.


Con la alegría y creatividad que históricamente ha caracterizado al movimiento estudiantil en nuestro país, nuevamente logramos posicionar quizás la más grande enseñanza que ha entregado tal movimiento a la sociedad: que la clase más importante se dicta y se recibe en las calles, aquel mítico lugar de construcción de empoderamiento popular. Es allí en donde el sujeto político logra tomar conciencia de que el poder no puede habitar únicamente en cabeza de aquellos que, luego de ser elegidos, se desentienden de la obligación de atender las demandas de quienes los escogieron. Es a partir de aquel ambiente místico de la movilización popular que somos conscientes de que la realidad de la democracia no se encuentra encerrada en las paredes del Congreso, sino en cabeza del demos, del pueblo.


Siendo conscientes de ello, la MANE y el movimiento estudiantil a través de todas sus expresiones, convocaron y construyeron una movilización masiva el pasado 16 de octubre, en la que se exigiera principalmente al gobierno de Juan Manuel Santos: la no implementación del Acuerdo por lo superior 2034; un plan concertado para el pago del déficit presupuestal de las Instituciones de Educación Superior y condiciones de autonomía y democracia en las IES. Colegios oficiales y privados y universidades públicas y privadas unificaron sus voces en contra de la política de educación del actual gobierno y las fuerzas hegemónicas que intervienen en su construcción, exigiendo dar solución y superación de la actual crisis por la que atraviesa la educación superior. Aquel relato de la imposibilidad de imaginar y hacer real un país distinto sin una política de educación alternativa, se materializó nuevamente en las calles a través de la fuerza creadora del movimiento estudiantil.


Si bien como comentábamos, nuestras demandas siguen intactas a la luz de un gobierno que se niega a satisfacer nuestra consigna de una educación pública, gratuita y de calidad, la realidad actual demanda un movimiento estudiantil más fuerte que en la pasada coyuntura de la “Reforma a la Ley 30”. Más allá del fortalecimiento del discurso demagógico del gobierno de Santos y del intento de camuflar sus reales intenciones y los intereses que defiende, consideramos que uno de los principales retos del movimiento estudiantil es el de asumir auto-críticamente el proceso de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil y entender las consideraciones prácticas que ello implica, sin desconocer sus alcances y logros, tal vez nunca antes alcanzados por los y las estudiantes en la historia de nuestro país. Lo anterior necesariamente implica, entonces, entender los diversos factores que permitieron el reflujo del movimiento estudiantil y que impidieron el tránsito de la resistencia a la avanzada.


Se debe entender que, en primera medida, sin la configuración de una correlación de fuerzas a nivel nacional que permita desafiar las actuales relaciones de poder y que impida de forma real la consecución e implementación de las diversas políticas de educación del gobierno de turno, no podrá tener lugar aquel tránsito del momento de resistencia al momento de avanzada. Sin embargo, y quizás aún más importante que lo anterior, se debe entender que sin construir aquella correlación de fuerzas desde el plano de lo local, es decir, a partir de cada una de las reivindicaciones del movimiento estudiantil al interior de las universidades públicas y privadas, aquella correlación de fuerzas necesaria a nivel nacional tendrá lugar únicamente en el plano de la mera abstracción y no en el movimiento de lo real. Con ello no deseamos una suerte de atomización del movimiento estudiantil, olvidando el plano de las reivindicaciones nacionales, sino, por el contrario, entendemos la relación de la particularidad con la totalidad como una unidad inescindible, en la que no podemos pensar la totalidad, sin acudir necesariamente al movimiento de lo particular; es decir, asumimos que las reivindicaciones locales son una manifestación de las contradicciones que tienen lugar en el plano de lo nacional y que por tanto, al fortalecer aquellas, podemos generar el fortalecimiento necesario de la correlación de fuerzas en el país. Es nuestro deber, entonces, como movimiento estudiantil, elevar los niveles de consciencia del sujeto político desde la particularidad hacia la totalidad.


Por último, es nuestro deber entender el movimiento estudiantil en el marco de sus posibilidades táctico-estratégicas. Las reivindicaciones estudiantiles tienen un alcance estratégico, en cuanto a la posibilidad de que a través de la táctica implementada, se logre cumplir con la finalidad de materializar una educación alternativa. Sin embargo, también tienen un alcance táctico, en cuanto a la necesidad de plantear el horizonte estratégico de la construcción de un nuevo país. Lo anterior implica la necesidad de pensar la coyuntura y el momento político (en cuanto a lo estudiantil) en clave de proceso constituyente, es decir, a partir de la necesidad de refundar las relaciones de poder mediante la constitución de una subjetividad política que garantice a su vez la configuración de un poder alternativo. Es nuestro deber lograr que el movimiento estudiantil entre en la dinámica de proceso constituyente, para que las reformas alcanzadas a partir del mismo, logren abrir la puerta hacia el giro radical que requiere nuestro país. En última instancia (o tal vez en primera), será la unidad no sólo del movimiento estudiantil (más allá del nombre que le demos a aquel espacio de confluencia, sea MANE u otro), sino del movimiento social y popular en general la que garantice la constitución de una contra-hegemonía en vía a la materialización de nuevas relaciones de poder, en donde el demos de la democracia trascienda el plano meramente formal y discursivo, y se materialice en lo real.



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