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La bandera equivocada



Por: Germán Ernesto Pilonieta Camargo.

Egresado Facultad de Derecho.



De bruces caía un joven malherido, hambriento de calma y sediento de quietud. Esas cosas que se ausentaban donde él se asentaba a diario. Había recibido muy cerca de donde solía trabajar – cargando costales de papas a la tienda de su tío – la onda expansiva de lo que se suponía, fue una granada. “Un petardo” escuchaba siempre en las noticias.


Él realmente la diferencia no la veía, tenía apenas doce años y vivía solo con su Maíta: una mujer ya acabada y desgastada por la edad y sobre todo por el estrés de su entorno. Ya era un tanto sorda, una granada la lisió casi de por vida en sus oídos. Una parecida a la que había herido en ese momento, a ese pequeño niño cotero.


-¡Paquito de pie, que se vinieron estos hijuemadres! – Era su tío quien lo vio en el piso sin moverse.

Paco vio como al lado se había derramado el costal de papas que venía cargando y solo se puso de pie con ayuda de su tío y las lágrimas le comenzaron a resbalar por el rostro.


-Perdóneme tío – Decía con llanto tendido y ahogado, pero en medio del escándalo se le entendía -. Dejé caer las papas, no volverá a pasar.


Su tío lo agarró fuerte del brazo y con rostro de disgusto lo haló y lo llevó lejos del escándalo, justo adentro de la bodega de su tienda.


-¡¿Eres pendejo o qué?! – le gritó fuertemente. Al ver la reacción negativa hecha con la cabeza de Paco, se tranquilizó un poco. Al parecer su sobrino no había perdido el oído –. Paco, esos desgraciados estallaron ese petardo cerca de donde estabas, milagrosamente no estás grave. Vamos mijito, hay que llevarte al hospital. Espero que no haya habido mucho herido y no esté congestionado.


Lo volvió a tomar del brazo, pero de manera más delicada. Su tío fue como su padre, tras la muerte de este. Unos del ejército según se dice a voz baja por el pueblo lo mandaron a llamar al cuartel y supuestamente lo reclutaron. Paco no entendía si ese era el conducto regular.


-Lo mejor es que no preguntes Paquito – le decía el cura del pueblo, cuando él confesaba sentir odio por quienes lo mandaron a llamar. Dos meses después de tan misterioso reclutamiento, se les notificó que había muerto.


Desde entonces Paco trabajaba para su tío y para cualquiera que necesitara ayuda en el pueblo a cambio de unos pesitos para ayudar a sostener a su Maíta. Siempre a pesar de tanta adversidad y tanto odio a su entorno intentaba permanecer con una clara sonrisa. Incluso en ese entonces cuando se encontraba herido y de camino al hospital.


Una vez llegaron allá el tío mencionó el problema a la enfermera y lo que más sorprendió es que no hubiese habido ninguna víctima más del asunto. No sabía si alegrarse o no por su sobrino, lo atenderían enseguida, pero habría sido el único afectado hasta el momento por ese horrendo atentado.


Lo llevaron al doctor y este hizo los análisis de rutina para un caso como este. Paco comentó que le dolía demasiado la espalda, así que se le pidió que se la removiera.


Una vez Paco se quitó la camisa se vio que tenía una mancha inmensa en su espalda, como si fuese un gigantesco hematoma. Que al parecer era la causa del gran dolor que tenía el niño. Él médico sólo pudo hacer un gesto de preocupación al verlo y lo remitió automáticamente a que se le sacara una ecografía.


El médico sacó de la habitación al tío de Paco y le comentó que un hematoma de ese tamaño podría tener una gran probabilidad de haber comprometido órganos vitales y que de ser así, el muchacho solo tendría unos pocos minutos de vida.


-Es muy probable, no quiero darle falsas esperanzas. Pero habrá que tener la ecografía en mano para estar más seguro –. Le dijo tomándolo del hombro para ver si podía darle algo de ánimo.


Una vez estuvo la ecografía en las manos del doctor, su rostro se agravó más. Le dijo a su tío que lo acompañara nuevamente afuera de la habitación.


Le confirmó el peor diagnóstico del caso. Al parecer por fuera no sufrió de un daño notorio, pero por dentro muchos órganos se comprometieron incluyendo sus dos riñones y a eso se debía su fuerte dolor de espalda. Que en conclusión el niño no tenía salvación, porque no había un hospital cercano para atenderlo y ya eran pocos los minutos que le quedaban. El tío se lanzó a llorar. “¿Por qué a él?, un niño tan bueno y que apenas comenzaba a vivir”. Maldijo a los guerrilleros y al ejército; maldijo al gobierno y sus opositores; incluso maldijo al diablo y hasta Dios, por permitir que algo así sucediera.


Una vez se pudo incorporar y secar las lágrimas entró a comentarle a Paco lo que estaba sucediendo, con el mayor tacto posible. Cómo decirle a un pequeño niño que su tiempo en este mundo estaba por terminar.


Paco se llenó de miedo sin duda alguna, pero como era acostumbrado en él pudo sonreír. Abrazó a su tío a pesar de que el dolor era un tanto insoportable para cualquier movimiento que realizara.


-No se preocupe tiito – le dijo con tono esperanzador e intentando contener sus lágrimas –. Me puedo ir tranquilo sabiendo que mi Maíta queda bien cuidada por usted.


- ¡Ay mijito! – Exclamaba su tío con más dolor que el que nunca había sentido en su corazón – todo es culpa de esos hijuepuchas que no hacen sino acabar con nuestro pueblo y nuestro país.


-Tiito tranquilícese por favor – le respondía el moribundo niño con tono de consuelo – no hable de esa manera, que ese mismo odio es el que nos ha traído hasta acá.


-Pero Paquito – Le dijo extrañado de las palabras del niño –. Usted no está viendo que son ellos quienes lo hirieron así. Por ellos usted se va a morir.


-Ay tiito, si voy a morir es porque de seguro Diosito no soportó verme más tiempo en este mundo tan cruel – El tío quedó estupefacto al ver ese argumento –. O si no por qué soy el único herido de este incidente.


El tío no podía creer la cátedra que su pequeño sobrino de apenas doce años le estaba dando en su lecho de muerte. Se dio cuenta que quienes conocen en definitiva el significado de la vida, son los que están a punto de morir. Pero no podía dejar de maldecir por dentro a todos los responsables de ese conflicto.


-Esos desgraciados del ejército y los otros de las guerrilla no hacen sino daño Paco

– Le dijo con una incontenible ira. Esa propia de quienes vivían alienados por el odio de tanta violencia y destrucción a su alrededor.


-Pero tío – Dijo Paco ya con un tono más apagado –. No se da cuenta que cualquiera que usted escoja es la bandera equivocada. En el colegio me dijeron que una pelea nace de alguien que agrede y se mantiene porque el otro responde. Esto no se trata de escoger a quien apoyar o a quien atacar, sino de hacer lo posible porque se acabe.


El tío cada vez quedaba más impresionado de las cosas que aquel infante le decía, no tuvo palabras para responderle. Simplemente sus argumentos aunque inocentes, eran bastante fuertes.


-Más bien despídase de mi Maíta por mí – Le dijo ya bastante débil para mantenerse sentado, acostándose inmediatamente –. Dígale que me perdone por no hacerlo personalmente.- Finalmente cerró los ojos, pero no sin antes de morir esbozar una sonrisa.


Su tío lloró esta vez entre alegría y tristeza. Con muchos menos años que él, su sobrino aprendió a vivir más feliz con lo poco y desgarrador que lo rodeaba. Le dio un beso en la frente como despedida. Alguna vez leyó de esos filósofos antiguos, que solo los que mueren pueden ver el verdadero final de la guerra. Pero por su sobrino Paco, haría lo posible porque no fuese así. Por lo menos que dentro de su mundo no existiera nada de guerra, tendría que comenzar a espiar el odio que sentía en ese momento. Pero por su pequeño sobrino fallecido ya, iba a hacerlo. Él intentaría encontrar la paz en vida. Él dejaría - como le dijo el pequeño antes de morir - de tomar la bandera equivocada.



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